S?bado, 09 de diciembre de 2017

Recibo siempre los ánimos de mis compañeros, de mis allegados, de mis familiares... Aún y así soy tan egoísta que para mi eso no es suficiente. No lo digo, pero es lo que siento. Les sonrío y les doy las gracias. Entonces entro en la habitación y ella me sonríe. Que fortaleza tiene su mirada, que temple. Mi alma se estremece. De primeras: el miedo. Luego: la calma y un sinsentido de sentimientos. Me siento impotente, temeroso, débil, pero no se lo demuestro. Le sonrío y le cuento mil anécdotas tontas para que ría. La quiero en casa, abrazarla, besarla suavemente, curarla de forma milagrosa. Baja a la tierra tonto, que ella se va poco a poco. Enciendo la tele
de aquella habitación blanca de cortinas onduladas. Miro las noticias. Le cuento lo que sucede en el trabajo para que se olvide de su mal. Entonces, en un instante, ella se pone a mirar por la ventana en silencio. Poco a poco mi alma cae al vacío y cuando ella me mira para leerme la mente me levanto y la abrazo con fuerza, como si quisiera fusionarme con su alma y curarle la enfermedad. Con ese largo abrazo ella se pone a llorar. Esos instantes parecen una eternidad. Le seco las lágrimas y luego saco aquel libro de fantasía que me pidió. Le digo que ese libro es una bobada, en eso somos diferentes, y ella se ríe.  Una tontería más que nos aleja de la verdad. Al rato entra la enfermera para sacarme. Antes de marcharme le doy un intenso, profundo, largo y rotundo beso.


Publicado por Emilio.Lopez @ 21:40  | Relatos
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